viernes, 9 de abril de 2021

Gastronomia historias de El Molino de una nota publicada en InfoBae

“Cuando Brenna y Rossi inician su negocio, aún no existía la Plaza del Congreso. Era una zona de molinos harineros, y el nombre fue elegido para homenajear al de Lorea, el más importante de la zona. 
Era una zona de inmigrantes genoveses, muchos de ellos panaderos. Brenna, en cambio, era de Lodi, cerca de Milán y sus habilidades eran de repostero. 
Cuando se muda a Callao y Rivadavia en 1905, Rossi ya había muerto”, ilustra Mónica Capano, Asesora de Patrimonio inmaterial de la Comisión Administradora del Edificio El Molino.

Pasteleros del Molino a principios del siglo XX. Brignola es el cuarto desde la izquierda en la fila del medio

Brenna, hoy, sería llamado un “emprendedor”. 

Y lo fue, un verdadero pionero de la pastelería criolla. 

Arrancó su negocio con el nombre de Confitería del Centro, y en 1866 mutó a “Del Molino”. 

Una vez instalado en Rivadavia y Callao convocó al arquitecto italiano Francesco Terenzio Gianotti para construir dos pisos más, la famosa cúpula y la nueva fachada.

 “Hizo uno de los edificios más emblemáticos del Art Nouveau en la Argentina. Y tardó muy poco en terminar, algo más de un año”, señala el arquitecto Guillermo García, asesor de Patrimonio Cultural del Congreso de la Nación. 

Esta construcción fue inaugurada el 9 de julio de 1916, para el Centenario de la Independencia.

Allí, dijimos, trabajó el abuelo de Héctor, que tiene 73 años y continúa la tradición. “Juan Bautista llegó al país allá por 1902. Era un inmigrante italiano de Borzonasca, un pueblo cerca de Génova. Al poco tiempo pudo traer a mi abuela, Ángela Monteverde, que era del mismo lugar, y a sus hermanos”.


Pasteleros del Molino a principios de siglo

En 1919, Brignole tomó la decisión de independizarse y fundó la confitería El Progreso, en Santa Fe y Laprida, que hoy dirige Héctor. 

“Trajo muchas de las recetas de Del Molino. Es que en esa época, la tradición y los productos de la pastelería pasaban por ahí. 

Pero los hermanos de mi abuela, mis tíos, siguieron trabajando con Brenna. 

Mi abuelo se fundió con la crisis del ’30, pero mi padre y mis tíos pudieron reflotar el negocio. 

Ahora sigo yo junto a mis hijos y sobrinos. ¡Tengo sangre pastelera por todos lados!”.

Según Héctor, a Del Molino la hizo grande la calidad de la pastelería que imprimió Brenna. 

“Al principio la hizo con tradición italiana, pero luego mezcló sus productos con la escuela francesa y la alemana. 

El postre tradicional es el Leguisamo, pero tenían una serie con los nombres de los Papas, como Paulo VI y Juan XXIII y otros como Juana de Arco, el Imperial Ruso, el Milhojas…”


Recetario de Zacarías Sáez de 1908


Sobre este punto, Mónica Capano añade que “Brenna, por sus habilidades, se empieza a hacer conocido. 
El Leguisamo lo hizo a pedido de Carlos Gardel, que era muy amigo del jockey y se transformó en un clásico. 
También el Imperial Ruso, cuya fama llega a Europa llevado por las familias de la aristocracia criolla. 
Allá lo llaman ‘El postre argentino’. 
Esto lo hizo en 1917, antes de la revolución bolchevique, en homenaje a los zares. En un catálogo decía ‘cortarlo con un cuchillo mojado para evitar que se desmorone, porque se desmorona el imperio’”.

En la opinión de Brignole, al estar ubicada frente al Congreso de la Nación, los vaivenes políticos no parecen haber sido indiferentes a Del Molino. 
“Para mí dejó de ser una gran confitería en la década del ’60, cuando derrocaron a Illia y cerraron el Congreso. 
Hasta ese momento cubrían todo: hacían fiestas, porque la fiambrería también era espectacular. 
Pero bueno, en aquella época todo funcionaba en la Argentina”. 
También revela un dato poco conocido: “Antes había cuatro o cinco monstruos en la pastelería. Del Molino, Los Dos Chinos, Steinhauser, El Gas… 
Y el dueño de El Molino en los ’50, Armentano, tenía también Los 2 Boulevares, en Santa Fe y Callao. Imaginate esa ubicación, ¡explotaba! 
Pero como ya la zona del Congreso no rendía tanto, en los ’60 a la plata que daba Los 2 Boulevares se la tragaba El Molino”.

Libro de Del Molino, donde Cayetano Brenna esboza su historia
Para Capano, “Del Molino era un reducto del centro, pero nunca fue un lugar donde la alta sociedad se reunía a tomar el té. 
La élite iba a comprar productos o como mucho pedía un café. Se hizo más popular con el peronismo. 
En esa época hubo acceso a las clases populares para hacer la fiesta de casamiento o el bautismo, algo que antes no podían”.

Las historias que conoce María del Carmen Barbieri de la confitería son de esa época. 
Los lleva en el borde de los ojos, siempre a punto de rebalsar por la emoción con que habla de años más felices: “Papá se llamaba José Darío Barbieri. 
Trabajó en El Molino como primer pastelero desde 1949 hasta 1955. Yo era muy chica, tenía 3 años. 
Lo que sé me lo contó mi mamá. Nosotros vivíamos en San Antonio de Padua, y él iba a trabajar con saco,corbata, sombrero y portafolio. 
Era llamativo, porque el nuestro era un barrio de obreros, la mayoría albañiles. Se encargaba de hacer masas y tortas”

Héctor Brignole, también pastelero, nieto de uno de los primeros trabajadores que tuvo Del Molino


La historia familiar de María del Carmen es común a la de tantos trabajadores de aquellos años. 
Su padre se crio en el campo, en Rojas. 
Eran muchos hermanos y siendo adolescente vino a probar fortuna a Buenos Aires, donde vivió con su abuelo en Chacarita, con su abuelo. 
Su madre, Antonietta Lizza, llegó de Italia sola pero con un conchabo asegurado como niñera. 
Después de la Segunda Guerra Mundial, muchos inmigrantes vinieron a buscar ‘la América’. 
Arribó el 20 de junio de 1947, Día de la bandera. “Cuando vió a toda la ciudad embanderada dijo ‘uh, como nos reciben los argentinos a los italianos’. Amaba a este país. 
Lloraba cada vez que escuchaba el himno”, cuenta María del Carmen.

A poco de arribar, Antonietta conoció a José y pronto se casaron. Enseguida, él consiguió trabajo en Del Molino. La mejor época: “Traía tortas y facturas. 
Recuerdo eso: las tortas forradas en fondant… ¡no se cómo no me saturé de comer cosas ricas!”,

Una antigua carta de la Confitería Del Molino
Como dijo Brignola, la política siempre se metió en Del Molino. 
Esta vez fue el golpe de estado de 1955 que derrocó a Perón. María del Carmen coincide: “La política me sacó a mi papá. 
Él era peronista, y cuando fue el golpe se fue a expresar y lo llevaron preso. Estuvo en la misma celda con Hugo del Carril, contaba que le decían ‘vení, canta la marcha ahora’. 
Lo acusaron de hacer un sabotaje en El Molino, de haber puesto vidrio en el pan. Lo picanearon y estuvo detenido 15 días. Pero era inocente”.

Pasteleros en el subsuelo de la Confitería Del Molino (Archivo General de la Nación)


Dice su hija que la acusación cayó por una coartada muy simple: su papá era pastelero, pero no sabía hacer pan. 
Eso lo salvó. Un abogado de apellido Saravia logró sacarlo cuando ya estaba en la cárcel de Devoto. 
“Pero no quedó bien psicológicamente. 
Después ya no volvió a trabajar a El Molino. 
Lo llamaron de otras panaderías, pero estaba un tiempo y se iba. 
Era un hombre muy sensible y cayó en una depresión”.

Antonietta falleció el 19 de julio de 1999. 
Casi cinco meses después, el 1 de diciembre, murió José Darío. 
“Fue de tristeza por lo de mi mamá -cuenta María del Carmen-. 
Pero a pesar de todo, me pone orgullosa que haya trabajado en Del Molino, aunque haya sido por corto tiempo”.

Pasteleros de Del Molino creando una de sus magníficas tortas. (Archivo General de la Nación)


Más o menos por la misma época que Barbieri, entró a la confitería el catalán Antonio Sanchís Cañadell, que hoy tiene vitales 93 años. 
“Llegué al país en 1946, y al año siguiente entré a Del Molino. Vinimos a la Argentina con toda mi familia por culpa de un tío, Joan Domenech, que era el director artístico de Radio Belgrano, daba clases de publicidad y armó una agencia para enviar cajas con comida a Europa durante la guerra. 
Mi familia estaba bien, mi padre era jefe de la Westinghouse y tenía un taller de bobinado de motores. 
Vivíamos en un piso por la calle Mallorca en Barcelona, a tres cuadras de la Sagrada Familia. 
Y teníamos una casa de veraneo en Sarrañola… 
Pero nos echamos al mar porque mi padre era aventurero. 
Cuando llegamos al departamento de Alsina y Pasco que nos había conseguido mi tío, mi madre se puso a llorar por lo que habíamos dejado”.

Dice el hombre que su experiencia como pastelero lo ayudó a ingresar. 
“Venía de Casa Regueira, en la Rambla por la Plaza Cataluña. 
Hace tres años estuve y ya no existe. Hay un lugar de comidas rápidas”, cuenta. Su paso por Del Molino fue extenso. “Estuve por treinta y pico de años, hasta que quebró. 
Al entrar me quedé asombrado. Nada que ver con donde estaba trabajando. Brillaba todo, había limpieza, no me lo imaginaba. La gente me trataba muy bien”.

José Darío Barbieri y su esposa Antonietta. Después del golpe del '55, a José lo encarcelaron con una falsa acusación. Fue torturado y salió en libertad 15 días después


Sanchís se dedicaba sólo a dos tareas. Hacía un postre llamado Rubí (“había de frutilla o de durazno”) y a ornamentar los huevos de Pascua. 

Antonio Sanchís Cañadell, maestro pastelero haciendo su postre Rubí. Trabajó 30 años en Del Molino
“El postre que más se vendía era el Imperial Ruso, luego el Leguisamo y tercero el Rubí. 
Hacía 20 por día. A los huevos de Pascua los decoraba con chocolate y glasé. Pero tenía un compañero que era el mejor en eso, Pietrovito: les pintaba paisajes”.

Entre las anécdotas que atesora sobresale una: “En el año ’47, cuando entré, me llevaron por la sección de bombones y me contaron la historia de uno de los reposteros. 
Resulta que un día le contaron que a las cinco de la mañana, cuando él salía para trabajar, un amigo suyo entraba en su casa para verse con su mujer. 
Compró un revólver, un día se quedó cerca y los sorprendió. Al amigo le descargó todas las balas. 
La mujer desapareció y nunca más se supo de ella. Ya había salido de prisión, y trabajaba allí”.

Distintas etiquetas historias de Del Molino


Antonio fue testigo de varios hechos que sucedieron alrededor de Del Molino y en sus salones: “Recuerdo la salida de Cámpora cuando fue presidente. Miraba hacia arriba y lo saludamos, y él respondió. 
También cuando vino un mediodía a tomar un café el que fue a la Luna (por Neil Armstrong)”. 
Pero también de su decadencia: “El problema fue que se hizo una venta fraudulenta, y un día nos echaron sin pagarnos un peso de indemnización. 
Por suerte enseguida conseguí trabajo en Minotti, una de las principales casas de chocolates, en la calle Florida”.

Capano resume esos años oscuros: “Muerto Cayetano Brenna alrededor de 1950, se hace cargo uno de sus yernos, de apellido Rocatagliatta. 
Era un hombre que tenía muchas actividades, como importación de autos, campos. Y explota la razón comercial. 
Esto produce altibajos. 
Nunca volvió al esplendor que tuvo con Brenna. 
En los ’70 aparece un personaje medio siniestro, Coria, al que relacionan con la Triple A. 
Vacía la empresa, algunos dicen que entró con armas y le dijo a la gente que se fuera. 
Por lo averiguado era un estafador, estuvo preso y ligado a Manubens Calvet. 
Ahí aparecen los nietos de Cayetano Brenna. 
Hacen una disco en el primer piso para fiestas de 15, ponen comida rápida. Desde lo edilicio, lo destruyeron”.

Un casamiento en Del Molino en su época de oro

Antonio Sanchís al regresar al subsuelo donde trabajaba, hace unos años


La confitería se destacaba por la gran calidad de su pastelería (Archivo General de la Nación)

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